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Concrete Jungle, where the living is hardest

No sun will shine in my day today

En 2018, con mi hermana Tatiana montamos nuestro primer emprendimiento: una productora audiovisual en un monoambiente de no más de 30 o 35 metros cuadrados, en el centro de Buenos Aires, en San José y Av. Belgrano.

La única luz natural entraba por un ventanal que daba a un balcón mínimo —dos por un metro, literalmente— donde sobrevivían, o no, algunas plantas en macetas de plástico. El sol daba directo apenas una hora por día.

A pocas cuadras estaba el Ministerio de Desarrollo Social, el edificio con la cara de Evita, alrededor del cual eran frecuentes las movilizaciones sociales. A la vuelta, un edificio que ocupa una manzana entera alojaba simultáneamente dependencias de la Policía Federal y de los Bomberos. Por San José, nuestra calle, pasaban seis líneas de colectivos.

Toda la cuadra, prácticamente todo el barrio y buena parte de la Ciudad de Buenos Aires parecían construidos de la misma manera: edificios pegados unos a otros, compartiendo medianeras, formando enormes bloques de cemento y hormigón.

San José es una calle angosta, con veredas angostas y edificios de diez pisos a ambos lados. Desde nuestro balcón se sentía como un pasillo. El humo podía verse y olerse.

Y el ruido era constante: autos, motos, colectivos, aviones, sirenas, motores.

Todo parecía comprimido, denso, sin aire y, de alguna manera, artificial. Cosas tan elementales como el agua, las plantas, la tierra o la luz del sol parecían lejanas y difíciles de alcanzar. El acceso a estas cosas tan basicas era, y sigue siendo, un lujo y un privilegio dentro de la ciudad.

Man, you’ve got to do your best

En ese contexto pasábamos gran parte de nuestros días buscando convocatorias y oportunidades que nos permitieran filmar algo.

La privación del contacto con la naturaleza con la que convivíamos todos los días decantó, casi naturalemten, en que cuando apareció la posibilidad de presentar un proyecto documental, surgió la idea de hacer una película sobre agricultura urbana. Y no hubo que pensar mucho para ver cómo de esa idea bastante concreta aparecían preguntas mucho más grandes.

¿Por qué vivimos como vivimos en las ciudades? ¿Es posible vivir bien en tan poco espacio, rodeados de cemento? ¿Qué relación existe entre la ciudad que construimos y nuestra forma de entender la naturaleza?

¿Se puede ser feliz en treinta metros cuadrados?

El proyecto no quedó seleccionado en aquella primera convocatoria.

Pero algo ya había empezado a germinar.

La semilla estaba plantada.

No chains around my feet but I’m not free

Durante un tiempo pensé el documental alrededor de soluciones visibles y concretas: techos verdes, jardines verticales, huertas urbanas. Básicamente, maneras de introducir un poco más de naturaleza dentro de la ciudad.

En 2020 llegó la pandemia.

El mundo se detuvo y el encierro hizo imposible ignorar algunas de aquellas preguntas.

Por esos días cursaba Difusión y Comercialización de los Medios en la carrera de Diseño de Imagen y Sonido y propuse trabajar sobre el proyecto. Después de presentarlo, una compañera me hizo una devolución:

“Está bueno tu proyecto. Es re hippie con OSDE”.

Y no me gustó ese comentario. Me molestó y me puso incómodo.

Principalmente porque tenía razón.

Había algo superficial en mi planteo. Si el problema era realmente la relación que habíamos construido entre las personas, las ciudades y la naturaleza, difícilmente pudiera resolverse agregando jardines verticales a los mismos edificios.

La pandemia reforzaba esa intuición. La discusión no podía limitarse a tener más espacios verdes. Había algo más profundo que necesitaba entender. Y entonces empecé a leer con más intensidad.

Hice un curso sobre Soberanía Alimentaria —un concepto que hasta ese momento desconocía—, Derechos Humanos y Agroecología. Ahí conocí el trabajo de Soledad Barrutti, Marcos Filardi, Eduardo Cerdá, Myrian Gorban y Maritza Puma.

Una pregunta llevó a otra.

La alimentación me llevó a preguntarme por la producción de alimentos. La producción, por la tierra. La tierra, por la propiedad. La propiedad, por la economía y la política. Las ciudades me llevaron a la arquitectura; la arquitectura, a preguntarme cómo decidimos habitar el territorio. Y todas esas preguntas terminaron llevándome a otras todavía más difíciles: qué entendemos por progreso, por desarrollo, por riqueza, por bienestar y, finalmente, por naturaleza.

La agricultura urbana empezaba a parecerme cada vez menos el tema central.

Era la puerta de entrada.

Life must be somewhere to be found

Entonces aparecieron los libros maestros, las brújulas de este proyecto.

La revolución de una brizna de paja, de Masanobu Fukuoka; La economía desenmascarada, de Manfred Max-Neef y Philip B. Smith; Malcomidos, de Soledad Barruti; Sapiens, de Yuval Noah Harari; Calibán y la bruja, de Silvia Federici; La muerte de la naturaleza, de Carolyn Merchant; Las venas abiertas de América Latina, de Eduardo Galeano, entre muchos otros.

Autores provenientes de lugares muy diferentes empezaron, sin embargo, a dialogar entre sí adentro mío.

Y durante estos años ocurrió algo que terminó siendo mucho más importante para mí que hacer una película.

Empecé a construir una cosmovisión propia.

No porque las ideas que la forman sean originalmente mías. Todo lo contrario: este proyecto está construido sobre conocimientos producidos durante décadas —y en muchos casos siglos— por investigadores, campesinos, científicos, filósofos, economistas, movimientos sociales, pueblos y culturas que pensaron estas preguntas muchísimo antes que yo.

Pero la manera en que esas ideas empezaron a relacionarse entre sí, las preguntas que elegí hacerles y la síntesis a la que me condujeron sí son propias.

Con el tiempo dejé de poder pensar la agricultura separada de la economía; la economía separada de la ecología; la arquitectura separada de la política; la alimentación separada de la cultura; o la relación con la naturaleza separada de nuestra propia idea de bienestar.

Lo que antes veía como un conjunto de soluciones aisladas —una huerta, un techo verde, un jardín vertical— empezó a revelarse como la parte visible de algo muchísimo más grande. Y muchas cosas que antes me parecían normales dejaron de parecérmelo. Ahí encontré finalmente el eje de este proyecto.

La agricultura urbana sigue estando en el centro, pero ya no como una colección de técnicas para cultivar alimentos entre edificios. Me interesa como punto de partida para preguntarnos qué ciudad queremos construir, qué producimos, cómo nos alimentamos, cómo distribuimos el territorio, qué entendemos por riqueza y qué relación queremos tener con el mundo natural del que, aunque a veces lo olvidemos, seguimos formando parte.

Por eso este documental tampoco termina en el documental.

Es el comienzo de un proyecto político.

No partidario, ni cerrado, ni terminado. Político en un sentido mucho más elemental: porque preguntarse cómo queremos alimentarnos, cómo queremos habitar nuestras ciudades, cómo distribuimos los recursos y qué condiciones consideramos necesarias para vivir bien es preguntarse, inevitablemente, qué sociedad queremos construir.

Hoy estreno el prólogo de este documental.

Un proyecto que me acompañó durante años y que, en muchos momentos, me dio dirección cuando todo parecía caótico. Empezó como la intención de hacer una película sobre agricultura urbana y terminó convirtiéndose en un intento de ordenar una manera de mirar el mundo.

El documental es una primera síntesis de esa búsqueda.

Pero no quiero que sea la última.

La planta que aparece en el póster —obra de Nika Ardito, la compañera cuyo comentario condujo a la produnfización conceptual de este trabajo— terminó siendo casi un autorretrato involuntario de mi estado interno. Una plantita creciendo entre el cemento, buscando luz.

Y este proyecto es la forma que encontré de intentar que algunas de esas ideas que germinaron en mí durante estos años puedan, de alguna manera, germinar también en otros.

Me cuesta explicar lo que significa para mí que, después de tantos años, estas ideas finalmente dejen de existir solamente en mi cabeza y empiecen a encontrarse con otras personas. Me fascina pensar qué puede nacer de ese encuentro.

2 respuestas

  1. Recuerdo muy bien la gestación de la idea de este documental y cómo fue mutando a lo largo del tiempo tal como lo relatas aquí con tu avidez y sed de lectura. Ansiosa por descubrir tu obra!

  2. He presenciado este proceso de cerca y ustedes, mis dos hermanos mayores, me han enseñado muchísimo. Habiéndonos criado los 3 en el interior y habiendo venido a esta caótica ciudad que es Capital Federal en búsqueda de crecimiento académico y profesional, mucho se gana pero también mucho se pierde … En la vorágine del día a día y de mantenernos hiper-productivos no nos detenemos a cuestionarnos demasiado y, lamentablemente, uno hasta se acostumbra a vivir mal. La necesidad de estar encerrados en nuestros 30m2 durante la pandemia vino a destapar una olla a presión y a no poder ignorar más que vivir de esta forma no es vivir. Diría que hoy ya somos mayoría los que sentimos una necesidad urgente de conectar más con la naturaleza, cambiar hábitos y estilos de vida, tanto por nuestra salud física como mental. Una búsqueda constante por el equilibrio y la sensación de paz, más allá de los bienes y el dinero.

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